JULIO PANTOJA RODULFO. ENTRE LA IDENTIDAD REGIONAL, LA ABSTRACCIÓN Y LA FANTASÍA ASTRAL.

Nuestro artista nació el 11 de setiembre de 1917, cuando en el Perú se vivían los últimos años del período llamado República Aristocrática. El hijo de Leopoldo Pantoja e Irene Rodulfo vio la luz por primera vez en la ciudad de Tarma.

En una entrevista de madurez, Julio Pantoja recuerda la importante influencia de su abuelo:

“Claro, claro que heredé el gusto el cariño por el arte. Lo heredé de mi abuelo. Él era poeta, dibujante, pintor y escritor. Yo era su engreído, por supuesto, me llevaba a todas partes. De él aprendí muchas cosas […]1”. 

El artista en 1963

Balcón colonial de Tarma (1957). Acuarela. Colección privada.

Feria en Tarma (1981). Acuarela. Colección privada.

Entre 1934 y 1940 estudió en la Escuela de Bellas Artes de Lima. En aquellos años el movimiento indigenista era la corriente predominante, ya que la escuela estaba bajo la dirección de José Sabogal.

En los años veinte del siglo pasado se desarrollaron las polémicas entre indigenistas e hispanistas. Investigadores y escritores de diversas especialidades optaron por el Indigenismo, y situaron la cultura indígena y la problemática de la sierra en el centro del debate. Las artes plásticas no escaparon de dicha ola cultural, y en 1919 Sabogal realizó la primera exposición del movimiento indigenista.

El pintor cajamarquino logró reunir un grupo cohesionado de discípulos: Julia Codesido, Enrique Camino Brent, Camilo Blas, Alicia Bustamante, Teresa Carvallo, Cota Carvallo, entre otros. Sin embargo, no fue un indigenismo en el sentido estricto de la palabra: pintaban la sierra y también la costa, los indígenas y los mestizos, las obras de arte popular más que las piezas arqueológicas. Incluso fueron representados los sectores populares urbanos costeños y la Amazonía. Fue un gran esfuerzo de síntesis cultural.

Sin embargo, la pintura del movimiento indigenista tuvo sus limitaciones, así lo han señalado Juan Ríos, Juan Manuel Ugarte Eléspuru, Mirko Lauer, Francisco Stastny, entre otros. A pesar de los cuestionamientos, el Indigenismo fue un movimiento que marcó un antes y un después en la plástica peruana.

En una entrevista, Julio Pantoja compartió sus recuerdos de Sabogal y otros maestros indigenistas:

Estuve en Bellas Artes siete años, tuve la suerte de tener como maestros a José Sabogal, Julia Codesido y Camilo Blas. Recuerdo la bondad, la gentileza de enseñar de Sabogal, su generosidad cuando nos dio, a un grupo de estudiantes, cierta cantidad de dinero para ir a Huancavelica, a pintar; fue una experiencia muy grande el conocer las luces tan interesantes que hay en ese departamento ¡admirable!2 

Cabe anotar que también estudió en la Escuela de Artes de Buenos Aires con los maestros De la Maza y Quinqué Martín.

En enero de 1938, La Voz de Tarma3 anunció la primera muestra de Julio Pantoja, promovida por el Círculo Social Deportivo de Empleados. Las pinturas eran esencialmente vistas de Tarma, Jauja, Huancayo, Huancavelica, Ayacucho, la Montaña, Lima, etc.

Pantoja fue un verdadero trotamundos, y llevó su arte a muchos países. Expuso en ciudades tan disímiles como Lima, Buenos Aires, La Paz, Quito, Santiago, Ciudad de México, Ottawa, Louisville, Kentucky, Ginebra, Berna, Zúrich, París, Tokio, etc.

 Noticia temprana del artista en una nota periodística del diario Última Hora de La Paz (1947).

Como animador cultural, Julio Pantoja lideró -desde 1963- el denominado Grupo Siete. Una cifra simbólica, escogida por su gran riqueza semántica desde la Antigüedad. Fueron parte de dicha agrupación -en diversos momentos- artistas como Oscar Corcuera, Demetrio Lara, Cesar Castro, Rossi Raffo, Marciano Méndez, Dante Gavidia, Guillermo Gallo, Romanac Alvarado, Julio Castellanos, Miguel Camargo, Walter Carreño, Victoriano Ramírez, Elena Tracogna, Julio Camino Sánchez, Esther Rodríguez, Beatriz Castillo, Victoria del Campo, entre otros.

Al respecto, nuestro artista señalaba hacia 1992: “Mi grupo y yo hemos luchado durante veinticinco años, por la  reivindicación de lo andino, que es lo más entrañablemente nuestro, pero nunca dimos la espalda a las corrientes de vanguardia en materia expresiva”4.

Mercado de ollas. (1985). Óleo. Colección privada.
 

En cuanto al lenguaje plástico de Julio Pantoja, si bien se inició en el Indigenismo, fue experimentando también con la abstracción y otras corrientes. Y aunque se puede establecer una periodificación de preferencias estilísticas sucesivas, muchas veces vamos a encontrar un fenómeno de coexistencia. Como lo observó el embajador Juan Álvarez Vita:

Las fases o etapas de Pantoja a lo largo de su vida artística, son claramente definidas y rompen los esquemas clásicos pues ese artista no ha abandonado ninguna de ellas. Es un pintor que mantiene todos los estilos que en un determinado momento parecieran haberlo motivado más. Por eso pido que a las palabras “etapa” o “fases”, en el sentido que las utilizo, se les interprete no como relacionado con algo que sucede a otro, que lo reemplaza sustituyéndolo completamente. Se trata, en realidad, de un proceso en el que, a veces, confluyen armoniosamente diversos estilos.5

Quizá por eso la atemporalidad de muchas de sus obras. Hemos revisado cuidadosamente decenas de sus pinturas y un gran porcentaje de ellas no indica el año de ejecución. No puede ser accidental, es una opción del artista.

Una obra temprana de contenido social: Estibadores (1947). Óleo. Colección privada.

Acerca de la influencia indigenista en su obra, Edgardo Pérez Luna señalaba hacia 1958:

Sus lienzos acusan la serena simpatía de una inspiración sincera y la belleza diáfana de un canto que se eleva con las alas sencillas y puras de la sola alegría terrestre. Hay indios y chozas humildes en sus visiones cromáticas; hay soledad y timidez en los grises y ocres de sus paisajes interiores.

Pantoja ha recogido una imagen viva, nostálgica, de los valles serranos. Su arte se muestra animado de un cordial sentimiento hacia el motivo del hombre peruano. La belleza para él no emana de la fría relación de objetos inanimados que tanto seducen a los «bodeguistas» de nuestra pintura. Por eso, quizás, su himno cromático tiene la dulzura de una bandada de luces sobre la soledad de los trigales o la melancolía del agua cuando sueña bajo los árboles.6

El mismo analista señalaba acerca de una muestra de acuarelas indigenistas:

El diseño realista del indigenismo pictórico, más que un signo o una interpretación de la existencia objetiva, es la circunstancia del hombre en el mundo que le rodea, la íntima comunión del ser humano y el paisaje. Así lo ha entendido Julio Pantoja Rodulfo, experimentado pintor peruano que hoy nos muestra su sólida concepción estética en un apretado conjunto de trabajos con la difícil técnica de la pigmentación al agua.7

Pérez Luna identificó tres temas principales en la obra de Julio Pantoja: “Ellos son la naturaleza, el hombre y la morada del hombre. La mayoría de sus cuadros ofrecen estos tres ingredientes: el personaje o una pareja humana, la choza o la iglesia del ande, el árbol o el cerro, símbolos de la naturaleza”8.

En ese sentido, el poeta Alejandro Romualdo señalaba detalles puntuales que se reiteran en la obra de Pantoja:

La característica que más admiro en Pantoja es su sencillez. Ha sembrado en su pintura esos dulces eucaliptos que se elevan hacia el cielo azul perenne de la sierra; ha elevado sus chozas de tejas rojas, sobre la tierra y ha puesto el cerro azul dormido como un gigante. Todo eso le otorga a su pintura una calidad estética natural y humana.9

Huaricolca, Tarma (1949). Óleo. Colección privada.

Callejuela de Tarma. Óleo. Colección privada.

Una pareja en paisaje serrano. Sin datos. Óleo. Colección privada.

La obra que antecede es un poema materializado. Montañas de tonos lilas y verdes que apuntan a lo eterno, un cielo multicolor que asume formas curvas para enmarcar a una sencilla pareja en la pureza del blanco. La vemos a la distancia, avizorando el futuro, juntos en el transcurrir de la vida. Igual que la otra pareja, debajo de una cactácea rebosante de vida, a pesar de la aridez de su medio.

Atardecer. 1952. Óleo. Colección privada.

Con motivo de una muestra realizada en Ginebra el 2001, Jacques Bartra (cónsul general del Perú), señalaba la coherencia de la obra de Pantoja en la corriente continua de la creatividad peruana:

Tal como observó el maestro Raúl Porras en su estudio sobre “el paisaje peruano” de Riva Agüero, la fuerza telúrica del Perú anima las obras de los peruanos, desde Tiahuanaco y Chavín de Huántar hasta las expresiones más contemporáneas del arte en todas sus vertientes creativas: la pintura neo-indigenista de Julio Pantoja, pues, se alimenta de estas raíces milenarias y se expresa en la melancolía de paisajes andinos, rescatando su originalidad y universalidad.10

Se conoce un conjunto de grabados tempranos (años cuarenta), con temática andina y amazónica, algunos de cuyos tacos o matrices se conservan (colección privada). Y también grabados abstractos en metal de la década del 60. Las calidades de estas obras nos permiten entender el premio de grabado recibido en Argentina en 1960.

Matrices de madera. Colección privada.

Cargando mineral selva Perú. Catálogo de la exposición

Grabadores peruanos contemporáneos. ICPNA (1965).

En esta ocasión destacamos cuatro grabados con representaciones de pobladores de la selva peruana. En todos, el hombre se integra totalmente a su medio natural. Hieráticos los dos primeros, los rostros en primer plano parecen ser uno con la floresta. En el tercero los trazos en diagonal, juegan con los ritmos en el caudal del río que el hombre atraviesa, y formas curvas construyen una masa arbórea en el plano alejado. Es la plenitud de la selva poderosa, solo conocida realmente por el poblador nativo. En el último grabado destaca el efecto de las grandes hojas que sirven de eco a las formas femeniles.

Otra faceta menos conocida de Pantoja fue la de retratista. Leoncio Prado, Manuel Prado, Ramón Castilla, el poeta José Gálvez, el sabio Mariano Dámaso Beraun, etc., fueron algunas de las personalidades que dibujó o pintó.

Retrato de José Gálvez en Rumbos, publicación tarmeña (1945).

En 1961 Julio Pantoja realizó una exposición en el flamante Museo de Arte de Lima. Ahí se pudieron observar aspectos novedosos en su obra; claramente estaba experimentado -desde mediados de los 50- con las tendencias abstractas.  A propósito de esa muestra, el comentarista de El Comercio señalaba con claridad:

Se trata de un grupo de concepciones que señalan un cambio sustantivo en la orientación de ese artista, que abrazó hasta hace poco la orientación indigenista. Los cuadros del presente, revelan que Pantoja está encaminado hacia búsquedas más en consonancia con los modernos planteamientos de la pintura.

En la exposición se ofrecen tres acentos distintos. Por un lado (cuadros con los números 2, 5, 11, 19, 21, etc.) se logra una semiabstracción de grato equilibrio plástico. En esos trabajos se rompe la superficie y se ensayan las áreas múltiples con coloraciones que van pasando de tonalidad en tonalidad hacia juegos de eficaz impacto. Es el grupo que artísticamente más nos ha satisfecho de la reciente evolución de Julio Pantoja. De otro lado (cuadros con los números 26, 28, 29, 30, 32, 33, etc.) el artista intenta una realización azarosa del pigmento, un poco a la manera informalista.11   

En 1963, Carlos Rodríguez Saavedra habla de fauvismo en obras de Pantoja, en el marco de una muestra del Grupo Siete:

Julio Pantoja Rodulfo exhibe también cinco telas. Cuatro de ellas demuestran un seguro empleo del color puro, “fauve”, en grandes planos, destacando a mi juicio la Composición N. VI y la Estructura en rojo negro N. 3. En la Composición N. V Pantoja Rodulfo aplica un planeamiento mucho más complejo, de intención lírica, fantástica, sin detrimento de sus calidades en el color.12 

En las siguientes imágenes se aprecia la diversidad de abordajes de técnica y concepto que hizo Pantoja a la pintura moderna.

   Pensamientos egoístas, Década del 60. Témpera. Colección privada.

 Carnaval (1957). Óleo. Colección privada.

 Abstracción 2. Década del 60. Óleo.Colección privada.

Todo esto no debe extrañarnos, desde los años cuarenta los pintores denominados “independientes”, así como Ricardo Grau y Fernando de Szyszlo impulsaron nuevas maneras de enfrentar el lienzo, desde posturas distintas al indigenismo. Y a fines de los cincuenta la abstracción había instalado su tienda con firmeza en el medio local.

Pintura III (1963). Óleo. Colección del Museo de Arte de Lima.

Agradecemos al Museo de Arte de Lima que nos facilitó la fotografía.

Mundo extraño (1966). Grabado en metal. Colección privada.

En ese sentido traemos a colación una entrevista realizada en Ecuador el año 196313, Julio Pantoja respondió a una pregunta acerca de la pintura peruana: “También allí, los pintores se dividen actualmente en dos bloques. Los figurativos y los modernos. Todos ellos, naturalmente los que son pintores, muy buenos […]”. Al definir las características de ambas tendencias señaló: “La figurativa, esencialmente social. La otra preferente y exclusivamente abstracta”. Al ser inquirido acerca de los representantes señaló claramente José Sabogal y Juna Manuel Ugarte Eléspuru. Le preguntaron, además, acerca de la tendencia en la que se ubicaba. A lo que respondió: “En la de Ugarte. Pero no en forma exclusiva. Trato de aliar las formas pictóricas antedichas. Es decir, la figurativa con la abstracta”.  Frente a la disyuntiva entre arte y arte social, Pantoja explicó: “Ambas tienen su razón de ser. Depende del tiempo en que se realicen”.

Recordemos que Ugarte Eléspuru era parte de los pintores llamados “independientes”, y se desenvolvió con solvencia a la hora de hacer murales histórico-nacionalistas, temas sociales o abstracción pura. Él apostaba por un “movimiento de síntesis”, que integrara la pintura peruana al arte universal con el lenguaje plástico de su tiempo, pero al servicio de nuestros propios fines14.

Los Andes (1953). Óleo. Colección privada.

Una de las pinturas más representativas de esta exploración de lenguajes plásticos se titula Los Andes. La cordillera es representada por sucesivas formas piramidales en ritmo ascendente, en sugerente diálogo con dos figuras humanas que en su parte inferior están adelantadas en primer plano, pero en su parte superior parecen integrarse a las montañas. Sus cabezas son totalmente orográficas, los hombres-cerro. Y es que los Andes son los montes, pero no tienen sentido sin la gente que los habita hace milenios. Un cerro es casa y medio de vida, fuente de corrientes de agua en descenso y poderoso apu protector. Imposible no pensar en Tres jefes indios (1950), obra conservada en la Pinacoteca Ignacio Merino de la Municipalidad de Lima; quizás la obra más significativa de su maestra Julia Codesido.

En los bocetos siguientes se puede apreciar que, en muchas composiciones Julio Pantoja buscaba un equilibrio entre figuración y abstracción.

Bocetos de una libreta de apuntes del artista. Colección privada.

En otros casos, el título de la obra permite distinguir la referencia real parcial o totalmente oculta:

Toros en Tapo (1977). Acuarela. Colección privada.

Montaña. Óleo. Colección privada.

En 1964 el artista expuso en uno de los recintos culturales más importantes de Latinoamérica, el Palacio de Bellas Artes de México. En el catálogo se incluye un texto, precisamente de Ugarte Eléspuru15, en el que describe el cambio ocurrido en la obra de Pantoja: 

[…] muestra una trayectoria continua de superación, perceptible en su afán de búsqueda en pos de un medio de expresión adecuado.

Inicialmente cultivó el costumbrismo folclórico tal cómo se practicaba en la Escuela por aquellos años de su formación. Mas tarde, a tono con nuevos mirajes, siguiendo una progresiva línea de evolución, encara los problemas plásticos desde un punto de vista estrictamente estético prescindiendo de aquellas narraciones sujetas a lo meramente aparencial. Sin embargo, no se puede decir que sus sentimientos se alejen de una vinculación telúrica. En su abstractismo de hoy, expresionista y sugerente, se siente palpitar, tal vez con más hondura que en su costumbrista posición de antaño, el deseo de expresarse en términos de forma y color raigalmente vinculados con nuestro ancestro artístico.

El artista en acción. Fotografía incluida en el catálogo de la muestra en México.

Con motivo de esa exposición, el comentarista del diario mexicano Excélsior señaló:

Iniciado a fines de los treintas, en la Escuela de Bellas Artes de Lima, fue ganado por la tendencia costumbrista, folklórica y realista, que imperaba en el plantel, dirigido por el eminente José Sabogal, quien anhelaba crear en Perú un estilo similar al implantado en México por sus amigos Diego Rivera y José Clemente Orozco.

Sin embargo, al paso de los años, Pantoja Rodulfo, sin abandonar las riquezas cromáticas de textura de su primera etapa, se fue encaminando hacia un tipo de abstraccionismo, despojado de lo aparencial y poseído de un expresionismo lleno de sugestiones.16

La nota periodística publica dos pinturas y señala que Julio Pantoja ha pasado del expresionismo indigenista a la no figuración. Sin embargo, debemos anotar que el crítico mexicano comete una grave imprecisión. Sabogal no inició el indigenismo como un eco del muralismo mexicano. Cuando el pintor cajamarquino hizo su primera muestra indigenista (Impresiones del Ccoscco, 1919), todavía no conocía el afamado movimiento pictórico de México.

Ramón Martsal también le dedicó un amplio artículo a Julio Pantoja. En dicho texto se incluyen partes de su propia entrevista al artista peruano:

Pantoja Rodulfo ha logrado conjugar en forma sorprendente, las modernas técnicas del impresionismo y del abstraccionismo, con las antiquísimas expresiones pictóricas de sus ancestros aborígenes.

De la perfecta aplicación de las técnicas más avanzadas a los temas más antiguos, surge una obra elocuente, impresionante, a cuyo influjo no puede substraerse el más frío espectador.

[…] Julio Pantoja Rodulfo abrevó, desde la infancia, los problemas y sufrimientos de su raza por haber tenido necesidad -niño aún-; de luchar por el propio sustento. “Yo era un canillita, vivaracho, despierto, como lo son los pilluelos vendedores de periódicos en todas partes del mundo”. Con ello, -¿para qué más?- nos explica cómo se fue empapando del ambiente, del momento, del espíritu de su tierra de su tiempo, que hoy constituye su interesante  temática.
[…] Sus pinturas tienen la particularidad de la sugerencia. La técnica abstraccionista cierto es que brinda al artista la libertad para pintar más allá de los límites del realismo. Pero sucede en ocasiones que el pintor trata de dejar plasmado un tema, en cierto aspecto, que el observador descubre en él lo exactamente contrario. Pero en el caso de Pantoja Rodulfo, hay la coincidencia afortunada de que sus cuadros, en distintos grados, sugieren al espectador justamente lo que él desea, angustia, tristeza, piedad o bulliciosa alegría.17

Noticia de la exposición en El Universal.

Sin dejar lo figurativo de sus paisajes urbanos y naturales de la sierra peruana, Pantoja trabajaba también con apertura a diversos lenguajes plásticos, estilos y movimientos. En esto se desmarcó en parte de su maestro Sabogal, para el cual esta compatibilidad era imposible. En un reportaje de César Francisco Macera, Sabogal afirmó rotundamente acerca de la abstracción:

¡Oh! Eso es otra cosa, allí no hay que trabajar la forma, ni respetarla, ni sufrirla. Aquel es un arte en decadencia, muy natural en pueblos que han recorrido enormes distancias y ciclos estéticos. Aquí, felizmente, estamos alboreando, saliendo del primitivo y nos falta mucho para ello. Hay tanto que trabajar, tanta humanidad que pintar, tanta sinceridad que tener, que no me hable Ud. de eso […].18

Sin duda, Pantoja siguió un derrotero distinto en su proceso artístico.

Mundo sideral N. 5 (1967). Óleo. Colección privada.

Hacia 1994 en una importante entrevista para La República19, Julio Pantoja en plena madurez, explica el uso de las técnicas de pintura al óleo o acuarela, el primero para presentar lo exterior y la segunda para manifestar la interioridad: 

  • ¿Cuál es el objetivo principal de su pintura: el hombre o el paisaje?

El hombre y el paisaje. Primeramente el hombre, y el paisaje completa la unidad de la manifestación del cosmos.

  • ¿Cuándo usa el óleo y cuando la acuarela para captar esa dualidad cósmica?

Uso la acuarela en los momentos de quietud, tranquilidad, para expresar mi mundo interior, a través de la acuarela lo más grandioso que se tiene en la vida que es fugaz. Lo transitorio como si estuviera de visita. Ya cuando se tiene, como yo, cerca de ochenta años. El óleo cuando uso los colores cálidos y fríos pinto el mundo exterior enseñando lo infinito que es la vida, para sentir la música de otros mundos, dar a los demás el mensaje de un mundo más feliz…

En dicha entrevista, Pantoja defiende la singularidad de su obra artística y explica su proceso evolutivo:

  • ¿Cómo es que usted no se sintió influenciado por el indigenismo de Sabogal ni el expresionismo de Grau?

No fui influenciado por el sabogalismo ni por otras tendencias de entonces; solo aprendí la técnica de pintar en la Escuela Nacional de Bellas Artes el año 34. La evolución de mi pintura ha sido a través de ejercicios mentales, de concentración, de observación, de mediación, para dejar libre al auténtico artista que tenemos todos. Con esa actitud he recorrido todo el Perú y todo el mundo: China, Japón, toda Europa, toda Suiza […]

Tres maneras de expresar la esforzada y bucólica vida de los balseros del Lago Titicaca.

Acuarelas. Colección privada.

En la técnica de la acuarela, Julio Pantoja expresa con soltura sus emociones y visiones del mundo, desde paisajes andinos veristas hasta versiones abstractas de los mismos, desde las realidades sociales hasta imágenes cósmicas. Desde el dibujo definido de formas hasta la no figuración más rotunda. En 1976 explicó su sentir acerca de la técnica de la acuarela:

  • ¿Por qué ha optado usted por la acuarela?

Por la simplicidad de emoción que se expresa, a la vez el proceso psíquico, espiritual que se siente ante los motivos de la sierra del Perú.

  • ¿La rapidez con que se trabaja a la acuarela, permite esa simplicidad de imagen y contenido?

Sí, porque es un diseño realista, indigenista pictórico, para la interpretación de la existencia objetiva, intima humana.

  • La acuarela se detiene casi siempre en el paisaje. ¿Qué carga social puede imprimirse al paisaje en la acuarela?

La carga especial de la … como puedo decir… de la comunicación grandiosa que tienen nuestros paisajes…

  • Sí, ¿pero el contenido social?

El artista hace ver a través del paisaje de la sierra la pobreza en que vive el hombre de nuestra serranía. Es la única manera de hacer conocer la sencillez y lo grandioso del hombre de los Andes, que nos enseña a elevarnos de los grandes problemas que hay en las grandes capitales; porque nos hace ver el mundo verdadero de lo que debe vivir el ser, más en contacto con la naturaleza.

  • ¿Cómo emplea el color? ¿Al natural, o expresivamente?

Capto por los tonos simples del boceto, delineado con tinta negra, para darle el simbolismo de la pobreza y expresar la sencillez de los hombres que viven en la sierra.20

Invitación especial con acuarela verdadera. Colección privada.
 

 Acuarelas sin datos. Colección privada.

Picoy, Tarma. Colección privada.                         Atardecer en Tarma. Colección privada.

Si bien Tarma es la estrella de sus obras cuando se trata de referentes urbanos o paisajísticos; también tuvo interés en otras regiones como el Sur Andino. Aquí tenemos, por ejemplo, tres acuarelas con versiones distintas del mismo tema: mujeres cusqueñas con la típica montera tradicional.

  Acuarelas con temática cusqueña. Colección privada.

Desde luego, el desnudo femenino no está ausente en la obra de Julio Pantoja. Pero perturba la asociación con peligrosos ofidios, motivo apropiado para descifrar múltiples y complejos significados.

Desnudos N. 2 (1967). Colección privada.

Boceto y acuarelas con la representación de la serpiente. Colección privada.

Más desconcertante aún es ese conjunto de imágenes en las que las figuras humanas parecen alzar vuelo, o flotar ingrávidas y arrebatadas por una dimensión astral y misteriosa que trasciende nuestra pobre humanidad.

Enigmáticas acuarelas que escrutamos con fruición. Colección privada.

Podemos terminar con una obra de corte puntillista dedicada a lo más valioso que tiene la humanidad: los niños. Que el bello título de esta pintura sea el epílogo de este texto. Porque nosotros también esperamos un mañana mejor.

Esperando un mañana mejor (1987). Acrílico. Colección privada.

La firma del artista

REFERENCIAS:

  1. Ojo (9 de octubre de 1994). ↩︎
  2. El Comercio (4 octubre de 1994). ↩︎
  3. La Voz de Tarma (29 de enero de 1938). ↩︎
  4. La Prensa (28 de julio de 1992). ↩︎
  5. Palabras pronunciadas con motivo de la muestra de los cincuenta años del artista (Museo de la Nación, 1994). ↩︎
  6. En el catálogo de su muestra en la Asociación Cultural Peruano Británica (1958). ↩︎
  7. Comentario de Edgardo Pérez Luna en la presentación de una muestra de acuarelas en la galería de Petroperú (1975). ↩︎
  8. Ojo (25 de setiembre de 1975). ↩︎
  9. Catálogo de la muestra en Tokio (1986). ↩︎
  10. Genève. Inauguration de l’espace d’art du Consulat du Pérou (2001). ↩︎
  11. Nota firmada por P.L. El Comercio (5 de junio de 1961). ↩︎
  12. Carlos Rodríguez Saavedra. Sección Crítica de Arte: “Las exposiciones. En la A.N.E.A.”  Expreso (1 de febrero de 1963). ↩︎
  13. Entrevista en Brújula diario de Cuenca, Ecuador (17 marzo de 1963). ↩︎
  14. Ver su libro Pintura y escultura en el Perú contemporáneo (1970). ↩︎
  15. Óleos de J. Pantoja Rodulfo. Ciudad de México: Instituto Nacional de Bellas Arte (1964). Presentación de Juan Manuel Ugarte Eléspuru. ↩︎
  16. Excélsior (21 de enero de 1964). ↩︎
  17. Ramón Martsal. “Pinturas con un mensaje”. Impacto N. 728.  ↩︎
  18.  Gamaniel Palomino. “José Sabogal: ¿Pintor abstracto?”. Publicado en La Industria de Trujillo (6 de abril de 1986). En Nanda Leonardini y Sofía Pachas (coord.). Gamaniel Palomino. Notas de arte. Lima: SHRA-UNMSM, pp. 116-117. ↩︎
  19. La República (4 octubre de 1994). ↩︎
  20. Entrevista en Diálogo con el arte (1976). ↩︎

Virgilio Freddy Cabanillas

DERECHOS CULTURALES Y ACCESO AL ARTE

El 21 de julio del presente se aprobó la Política Nacional de Cultura al 2030 (Decreto Supremo Nº 009-2020-MC), documento fundamental en el ámbito cultura y de cumplimiento obligatorio para todas las entidades de la administración pública.

Dicho documento pone de relieve que el centro de la Política Nacional de Cultura es el ciudadano. En ese sentido, se ha identificado el problema público que requiere de la intervención integral del Estado: «Limitado ejercicio de los derechos culturales de la población”.

También señala que los derechos culturales se desenvuelven en tres ámbitos:

–        Acceso a la vida cultural.

–        Participación en la vida cultural.

–        Contribución a la vida cultural.

Para el adecuado disfrute de los derechos culturales -precisa el texto-, es imprescindible tener en cuenta la diversidad cultural y el aprovechamiento sostenible del Patrimonio Cultural Material e Inmaterial de la Nación.

Con ese marco quiero llamar la atención respecto del acceso del público, a la obra de destacados artistas plásticos peruanos e internacionales.

En el caso de los artistas peruanos, algunos de los más notables se encuentran representados en varias colecciones, pero otros, apenas cuentan con obras que nos recuerden su aporte. Y hay numerosos ejemplos de artistas importantes cuyas piezas permanecen guardadas en los depósitos.

Si hablamos de artistas internacionales hay poca obra en Lima; con mayor razón esas creaciones deberían brindarse al público con todas las facilidades. Tener en cuenta que muchos peruanos no han tenido la oportunidad de viajar, y jamás han visto producción original de artistas internacionales renombrados. Pensemos en ellos al hablar de derechos culturales.

Para ejemplificar esta preocupación, he seleccionado un conjunto de artistas peruanos, latinoamericanos y españoles con obra en Lima. Para ello he considerado las siguientes instituciones:

  1. Ministerio de Cultura
  2. Ministerio de Relaciones Exteriores
  3. Palacio de Gobierno
  4. Pinacoteca Ignacio Merino (Municipalidad de Lima)
  5. Museo Nacional de la Cultura Peruana
  6. Museo Central (Banco Central de Reserva del Perú)
  7. Museo de Arte de Lima
  8. Museo de Arte Contemporáneo de Lima
  9. Museo de Arte de la UNMSM
  10. Museo de Artes y Ciencias Eduardo de Habich (UNI)
  11. Museo de Artes y Tradiciones Populares IRA-PUCP
  12. Casa Museo Marina Núñez del Prado
  13. Escultura pública
1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13
Edilberto Mérida x x
Hilario y Georgina Mendívil x x x X
Macedonio de la Torre x x x x
Armando Villegas x x x x x
Víctor Humareda x x x x
Tilsa Tsuchiya x x x x x x
Cristina Gálvez x x
José Tola x x x x x x
Herman Braun-Vega x
Fernando de Szyszlo x x x x x x x x
Jorge Eduardo Eielson x
Carlos Revilla x x x
Gerardo Chávez x x x x
Christian Bendayán x x
Rufino Tamayo x
José Luis Cuevas x
Wilfredo Lam x
Fernando Botero x
Beatriz González x
Jesús Rafael Soto x
Oswaldo Guayasamín x x x
Emilio Pettoruti x
Roberto Matta x x
Salvador Dalí x
Joan Miró x
Eduardo Chillida x
Antoni Tapies x

Por cierto, todas estas  instituciones merecen nuestro aplauso y reconocimiento. Pero hay cosas por mejorar.

Hagamos un ejercicio y pensemos en los meses anteriores a la pandemia. ¿Cuántas obras de los artistas mencionados estaban realmente al servicio de la ciudadanía? Los amigos que visitan museos saben que sólo en parte. Confiamos en que pronto podremos verlas y disfrutar de ellas.

Agradeceré a los amigos y colegas cualquier dato que falte en el cuadro compartido.

Virgilio Freddy Cabanillas

ESTUDIO PERÚ

LOS ÁRBOLES DE LA VIDA Y DE LA MUERTE Y LA ESCALA MÍSTICA EN LA PINTURA VIRREINAL

La investigación con la que obtuvimos el grado de magíster en Arte Peruano y Latinoamericano versa sobre un tema específico del arte virreinal: tres cuadros de la Compañía de Jesús, obras de gran complejidad formal e iconográfica, cuyo contenido es de vital importancia para entender varios aspectos de la vida espiritual de los jesuitas de la Lima colonial. Dos de las pinturas conforman un programa y se encuentran en la antesacristía de la iglesia de San Pedro de Lima. Se titulan Árbol de la vida y sus frutos y Árbol de la muerte y sus frutos.     

La otra obra estudiada puede denominarse Ascenso del alma hacia Cristo; tanto en sus aspectos formales como en su contenido, tiene una profunda relación con las primeras y se conserva en la capilla de la Penitenciaría del convento jesuita.

Considero que el estudio de estas pinturas -como obras de arte e instrumentos funcionales para la meditación- está plenamente justificado. Una vez analizados sus aspectos formales y confirmada su validez como expresiones artísticas, era necesario comprender su complejo programa iconográfico.  Y los mecanismos de transmisión de contenidos místicos en el constante ejercicio espiritual de los miembros de la  Compañía de Jesús.

La tesis tiene tres capítulos. En el primero se hace la descripción de las tres pinturas, dentro de los lineamientos de un análisis formal. En el segundo se realiza el análisis iconográfico y se identifica las imágenes para vincularlas a sus referentes teológicos, especialmente en el campo de la espiritualidad jesuita. El tercer capítulo trata de la interpretación del contenido de las pinturas, entendiendo que las mismas son complejas estructuras en las que interactúan aspectos plásticos y connotativos.

 

La tesis completa está alojada en:

http://cybertesis.unmsm.edu.pe/handle/cybertesis/162

BATALLAS DE UNA FLOR

Literalmente es una flor que pinta.  Sus paisajes son poesía visual que intenta conjurar la locura colectiva, que ha arrinconado a la vida en todos los frentes de nuestra cotidiana batalla. Sus manifiestos utilizan colores intensos, texturas diversas y símbolos, ora clarificadores, ora desconcertantes. Los marcos de sus obras ensayan el borde dorado, la pintura que se desborda del límite físico y el linde inusual que rompe con la monotonía del cuadrilátero.

Sus referentes se combinan para crear territorios y contar historias. El verde que trata de ocupar los espacios en conflicto. El tejido como técnica y lenguaje plástico ancestral; sin duda, el arte peruano que llegó a la excelsitud. Por ello los  mantos que construyen y cubren su mundo imaginario. Los diseños en cuadrícula parecen aludir a  tableros de ajedrez. ¿Acaso una partida en la que se juega nuestro destino? No faltan las referencias a la actividad humana: geometría, arquitectura, un código QR, tecnología extractiva y destructiva. Y el esfuerzo desesperado del animal humano para salvarse de sus propios desatinos.

Tal vez la batalla la gane esa palomita de origami, frágil y poderosa a la vez. Si es que sigue aliada de la Flor que pinta.

Virgilio Freddy Cabanillas.

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Naturaleza Biótica II. Exposición de Flor Pachas en IRRADIAR. Artes Visuales. En simultáneo con Tania Bedriñana, Miguel Miranda, Heraclio Vidal, Pepsi Narvaez y # SOMOS.

Centro AENBA, Kapital Shopping (Jr. Callao 220. Centro Histórico de Lima). Del 6 al 29 de diciembre de 2018.

TRAZOS Y MATICES. EL MUNDO DE VÍCTOR PIMENTEL GURMENDI.

Muros desvencijados, edificios colapsados, monumentos cuya memoria está a punto de perderse por la voracidad del tiempo o por la incuria humana… Entonces llega él y posa su mano sanadora para  devolver el valor a lo que se daba por perdido. Cura las heridas y recupera para las nuevas generaciones la herencia de sus padres. Víctor Pimentel trabaja en el rescate del legado de artistas pretéritos, pero también colabora en el amoblado de nuestro mundo con sus propias creaciones. De ahí que Héctor Velarde le llamara “pintor antes que arquitecto” (1964).

En confrontaciones de blanco y negro o en diálogo de colores, Pimentel ha despertado interés desde sus primeras incursiones en las salas de exposición. Corría el año de 1956 en Roma y una muestra del joven pintor peruano atrajo la atención de Corrado Maltese. El celebrado historiador del arte resaltó la “incansable y abrumadora capacidad para encontrar nuevos acuerdos tonales, nuevas y sorprendentes posibilidades de contrastes cromáticos, nuevas sugerencias de formas”. En la misma ciudad se realizaba una exposición dedicada a la obra de Piet Mondrian, Maltese no dudó en comparar al “moderno y racional” Mondrian con el “anticlásico”, “antirracional”, “primordial”, “salvaje” y “tal vez  barroco” Pimentel.

Tres años después Norberto Berdia hablaba de un amplio “juego de arabescos” realizados sobre “un fondo rico en matices que crea un mágico espacio que alude, misterioso, a un clima musical”. Y no le faltaba razón. Para el maestro Pimentel la música es la primera de las artes. Por eso dibuja y pinta mientras escucha a Bach, Beethoven, Mozart, Corelli o Händel. “Si la música no existiera, tampoco Pimentel”, afirma. Así de claro.

Cual modernos petroglifos, muchas de sus formas intrincadas y abstractas que se engarzan unas con otras, esconden en realidad fantasmales figuras. Hay que aguzar la vista y hacer volar lo que nos queda de nuestra imaginación infantil, para descubrir esos seres que Pimentel esconde,  sugiere o revela -sin querer- desde el subconsciente. Quizá a algo de eso se refería  Giulio Carlo Argan cuando escribía en Roma (1960) este comentario: “En los cuadros y diseños de Pimentel, el tiempo de elaboración es increíblemente largo y es además factor esencial de la figuración. Un artesanado olvidado reemerge poco a poco, y no en los modos prácticos de la operación, sino más bien en el lento y laborioso transcurrir de aquello que podríamos llamar el tiempo de recuperación de la imagen. Encontrar un tiempo, una sucesión, un ritmo diversos de aquellos de la vida, pero igualmente pleno y concatenado, es, para Pimentel, el modo de acceder a la dimensión del mito, pero también de sustraerse a la contemplación atónita o turbada del mito, y de vivirlo”. Entiendo entonces que, Pimentel vive esa dimensión mítica -la construcción fantástica que explica el lado inasible del mundo- mientras crea sus obras. Y el mito va acompañado del ritual: cada obra de Pimentel es una celebración de la vida.

En esa deliciosa maraña de formas y colores, se percibe cierta “presencia” de los antiguos artistas de los Andes. Pero no son citas, es el “espíritu”. Ya lo señalaba Juan Manuel Ugarte Eléspuru en 1993: “Pimentel me parece uno de los valores más notables de la nueva pintura peruana, pues su arte sin ser folklórico ni recurrir a las seducciones narrativas del figurativismo costumbrista, sabe extraer del juego de las líneas los contrastes y los valores cromáticos un sentimiento que lo vincula al arte peruano ancestral, sin que ceda a la tentación de caer en el recurso arqueológico”.

Pero en otras obras las formas geométricas, las manchas o salpicaduras parecen no sugerir algo visualmente reconocible. Valen por sí mismas, como una pieza musical sin canto. La experiencia estética pasa por la contemplación de esas formas y colores, goce sensorial que no necesita de relato alguno. Como esas rayas negras y azules que flotan en el espacio ignorando la gravedad.  O esas sinfonías de colores construidas a la espátula. Y por supuesto, los trazos geométricos en blanco sobre negro. En estos casos conviene citar la opinión de Luis Miró Quesada (1993), cuando afirma que “es la espontánea seguridad de su trazo gráfico, la coherente multiplicidad de estos y su expresividad dinámica lo que identifican y valoran su producción”.  Cuestiona a quienes interpretan la obra del maestro en clave simbólica: “No entiendo el por qué repetidamente se habla de símbolos en la obra de Pimentel, cuando en él la grafía no está al servicio de lo simbólico sino a su propio servicio expresivo”.

Algunas obras se encuentran en el límite de lo sugerido y lo concreto. Por ejemplo, aquella intrincada floresta puntillista. En ese sentido, la ausencia total de títulos no es un problema, invita a la apreciación con total libertad.

Esta muestra presenta trabajos con diversos materiales y soportes: acrílico, óleo, tinta china, plumón, grabado al linóleo, cartones, telas e incluso un mueble pintado. Esa pluralidad de recursos se conjuga con la variedad de lenguajes plásticos que brotan de la mano del artista. Obra multiforme que, sin embargo, construye una sola gran pieza de arte. La vida misma del maestro Víctor Pimentel.

 

Virgilio Freddy Cabanillas Delgadillo

Curador de la muestra.

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Testimonio del Arq. Antonio Polo y La Borda

Los sentimientos y emociones hallan con el arte su expresión más sincera y profunda. Sea que se confiesen a través de la palabra escrita o declamada o que se expresen por la manipulación y modificación deliberada de los colores y formas de la materia, el alma humana cuando los devuelve al mundo en clave de arte, declara lo que el mundo hizo de ella y cómo es que ella lo percibe. El arte es una declaración intimista que se hace pública. No debiera necesitar complejas decodificaciones. Bastaría con que la imaginación de quien lo observa se apropiara de él y en toda su extensión para desatar infinitas posibilidades de juicio y goce.

La obra pictórica de VPG se constituye como un sistema singular y autónomo de expresión espiritual que escapa de las clasificaciones convencionales. No se corresponde con ningún estilo o tradición pues sus formas, colores y texturas se ordenan con una lógica liberal y oculta que inducen a la aventura de ser recorridos sin un punto de partida predeterminado. La pincelada de Pimentel es de trazo enérgico pero elegante cuando nos traslada a mundos que están en formación, cambio o movimiento permanente. Es suave y calculada cuando describe o crea mundos organizados. Tienen ambas la común característica de lograr formas adimensionales y atemporales.

El arquitecto Víctor Pimentel es el humanista contemporáneo que durante setenta años de carrera ha restaurado la memoria histórica de las ciudades y recreado con su pintura, universos propios y singulares, tal y como lo hicieran los antiguos peruanos: buscando en su propio interior e interpretando la telúrica de su ambiente y medio.

 

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Del 20 de junio al 26 de julio.

Colegio de Arquitectos del Perú (segundo piso). Av. San Felipe 999, Jesús María.

Lunes a viernes: 9 a.m. – 7 p.m.

La Plaza del Niño. Campo de Marte.

Obra del escultor nacional Miguel  Baca   Rossi,   1968.   Se   trata  de   un   conjunto

escultórico de tres piezas: los niños que estudian, el niño trabajador (canillita) y

el niño deportista. El último desapareció hace muchos años y sólo quedó a la vista   el  pedestal   vacío.

Durante un buen tiempo reclamamos por esta ausencia mediante correos y en las redes sociales. A fines del 2009, nos dimos con la grata sorpresa que el municipio local había reintegrado la escultura faltante al conjunto (en fibra de vidrio).

Así estuvo varios años, desgraciadamente en diciembre del 2017 observamos que la pieza recuperada ha sido destruida y las estatuas conservadas han sido doradas.

La obra de Baca Rossi en Lima ha sido más que maltratada: las esculturas de Vallejo, Mariátegui y Haya de la Torre fueron alteradas por el municipio dirigido por Luis Castañeda. En el primer caso cambio del pedestal -el original terminó en la basura- con la desaparición del fragmento de un poema vallejiano; en los dos siguientes, aplicación de inapropiada pintura dorada.

En Jesús María, el Monumento a la Familia (Plaza San José) también sufrió alteraciones: una vez más el dorado impertinente. Y el Monumento a los Cabitos en el -Óvalo de Higuereta- ha padecido con capas de pintura tanto en el bronce como en el pedestal.

El caso ocurrido en el Campo de Marte (Jesús María) indigna más porque el parque tiene rejas y hay presencia de serenazgo permanente.

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Fotografía del año 2008 con una escultura perdida.

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Fotografía del año 2010 con la escultura reintegrada.

 

Virgilio Freddy Cabanillas

peruanticuario@yahoo.es

Fotografía de portada: estado actual de la escultura (enero 2018).

Todas las fotografías son del autor.

ESTELAS DE CHAVÍN: DOS AVES SAGRADAS EN EL MUSEO DE ARQUEOLOGÍA Y ANTROPOLOGÍA DE SAN MARCOS

Síntesis

Damos cuenta del hallazgo de piezas de litoescultura andina en una colección privada de arte, concretamente fragmentos de dos estelas de la cultura Chavín. Luego de su identificación, las esculturas fueron donadas al Museo de Arqueología y Antropología de la UNMSM.

 

El hallazgo

«[…] junto a este pueblo de Chavín hay un gran edificio de piedras muy labradas de notable grandeza; era huaca, y santuario de los más famosos de los gentiles, como entre nosotros Roma o Jerusalén adonde venían los indios a ofrecer, y hacer sus sacrificios; porque el demonio en este lugar les declaraba muchos oráculos, y así acudían de todo el reino; hay debajo de tierra grandes salas y aposentos, tanto que hay cierta noticia que pasan por debajo del río, que pasa junto a la huaca o santuario antiguo. Tienen noticia que en ella hay gran riqueza, y tesoro en oro, y plata, y otras piedras preciosas y aunque muchos han intentado buscar este tesoro por justos juicios de Dios, no han dado con él, por ser grandísima la máquina del edificio […]».

Así se expresaba don Antonio Vázquez de Espinoza (1948: 458) al referirse al centro arqueológico de Chavín de Huántar, cuya antigua grandeza todavía era recordada en el siglo XVII. El comentario es certero, tanto al describir la complejidad del monumento como al anotar su función ritual. Interesa también la referencia al huaqueo de los monumentos arqueológicos, aunque en este caso la arquitectura dificultaba el saqueo.

Un texto posterior describe:

« […] un subterráneo muy angosto, que aseguran las personas que se metieron con vela hasta una distancia considerable, que conducía a la otra banda por debajo del río. De este conducto se han sacado varios huaqueros[1], vasos de piedra, instrumentos de cobre y de plata, y un esqueleto de un indio sentado.» (Mariano Eduardo de Rivero 1841: 23).

Muchos de los tesoros del viejo santuario han sido sacados a la luz a lo largo de los siglos –tal como se relata en Antigüedades peruanas– y ahora se conservan en los museos e incluso en algunos lugares inesperados.

Cuando Gabriela Arakaki me invitó a conocer una colección de arte contemporáneo, no podía imaginar la sorpresa que me esperaba. Un conjunto de obras de arte peruano seleccionadas por el Sr. Gianfranco Sensi Contugi,[2] que celosamente conserva su esposa Rosa Amelia León. En la visita ubiqué dos objetos que evidentemente no encajaban en el acervo, eran fragmentos de estelas Chavín –una de ellas quebrada en tres– con los diseños característicos de dicha cultura. Al enterarse la señora León de la importancia de las piezas, las donó gentilmente al Museo de Arqueología y Antropología de San Marcos (MAA-UNMSM), acto realizado en memoria de su esposo.

Cuando mostramos las fotografías al equipo del MAA-UNMSM, rápidamente reconocieron uno de los fragmentos, que había sido estudiado por Julio C. Tello y publicado en Chavín. Cultura matriz de la civilización andina (1960: 213-214). Las piezas deben haber sido rotas durante las campañas de extirpación de idolatrías, tal como lo sugirió Tello (1960: 223). Él encontró decenas de fragmentos de estelas y lápidas durante sus trabajos de investigación en el sitio arqueológico, algunas fueron enviadas al MAAUNMSM y luego derivadas al Museo Nacional de Arqueología, Antropología e Historia del Perú (MNAAHP). Pero la mayor parte se quedó en Chavín y conformaron la colección del museo local fundado por Tello.

Desgraciadamente la historia de los museos y sitios arqueológicos peruanos parece estar cubierta por la sombra del infortunio. El Museo Nacional saqueado por las tropas chilenas, el Museo Nacional de Arqueología y Antropología asaltado en 1981 o el Museo de la Nación disminuido para ser convertido en centro de convenciones el año 2008. En cuanto a Chavín, el verdugo fue la naturaleza. El aluvión de 1945 destruyó su museo de sitio y acabó con esta primera colección de litoescultura. El acervo fue arrastrado al río Mosna.

Pero ahora tenemos a la vista una pieza que se salvó del desastre, y que tras un itinerario que no conocemos, ha vuelto a ser de dominio público gracias a la generosidad de la más reciente propietaria.

Las litoesculturas halladas corresponden a lo que tipológicamente se clasifica como una estela: «Estos monolitos van decorados en sólo una de sus caras; son paralelepípedos de constitución tabloide.» (Kauffmann 2002: 198). En ambos casos la materia prima es granodiorita compuesta de granos de cuarzo y feldespato. El color es gris claro. Se ha empleado las técnicas del piqueteado y pulido para grabar las imágenes en plano relieve.[3]

A continuación se describirá cada una de las piezas.

Descripción

Pieza 1

Al parecer se trata de la esquina superior izquierda de una estela. Se conserva el marco. La iconografía muestra parte de un ala, con grandes plumas y pequeñas volutas. También hay una figura serpentiforme; Tello la describió como una pluma rémige (remera) transformada en ofidio. Fue hallada en el sitio de Gotush en 1941. Las medidas son: largo 28 cm, ancho 31 cm y espesor 20,8 cm.

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En este caso también hay restos del marco. Se distingue una boca con dientes triangulares y dos colmillos grandes; una gran cola ornitomorfa; parte de una pata con garra de águila y una serpiente claramente representada, que cae entre las plumas y la pata. Además se observa un elemento alargado que se ubica en diagonal, debe tratarse de otro ofidio pero tiene la cabeza erosionada. Las medidas son: largo 45 cm, ancho 35,5 cm y espesor 15,6 cm. Aquí se conjugan partes de tres seres de notable importancia en el imaginario chavín: jaguar, ave rapaz y serpiente.

En ambos casos se trataría de seres míticos que sirven a las divinidades más poderosas. En ese sentido, John Rowe consideraba de alta jerarquía al Dios de las Varas (Estela de Raimondi) y sus servidores serían los llamados «ángeles» o seres míticos con rasgos ornitomorfos (1972: 269-270).

Expresiones del arte Chavín

En las dos piezas encontramos las características enunciadas por los estudiosos del arte chavín: es figurativo y con un discurso visual pletórico de metáforas y simbolismos recurrentes, tal como lo ha definido Rowe:

«El arte de Chavín es fundamentalmente representativo, pero su sentido representativo queda oscurecido por las convenciones que rigen el estilo chavín y en muchos casos, por el hecho de que los detalles representativos no se representan directamente sino de una manera figurada o metafórica» (1972: 257).

La litoescultura Chavín se expresa mediante relieves sobre superficies planas y sólo en segundo lugar mediante la escultura en bulto redondo: « […] la tarea que los artistas de Chavín se asignaron fue la de hacer un dibujo lineal sobre una superficie plana, o a lo menos una superficie tratada como si fuera plana» (Rowe 1972: 257).

Una afirmación que coincide con las observaciones de Luis Lumbreras:

«El arte lítico chavinense no es propiamente escultórico, pese a que existen más de cien esculturas de cabezas monstruosas, humanas, de animales, etc. Se trata en realidad de un manejo de superficies planas, en donde se graban imágenes relacionadas con el culto. Es un arte asociado a la arquitectura, aunque algunas piezas son obviamente independientes de ella, como es el caso del ídolo principal, que si bien está dentro del templo, obviamente fue esculpido con independencia de una función de columna, enchape de muro, viga, cornisa o algo similar; ocurre igual con piezas como el Obelisco Tello» (1989: 33 y 36).

Respecto a la técnica, Tello hizo una explicación bastante detallada:

«La figuras simbólicas aparecen en unos casos grabadas mediante simples incisiones o surcos; en otros se excava o rebaja el fondo, de modo que se destacan en planorrelieve; con frecuencia se suavizan los aristas o redondean los contornos y se profundiza más el fondo para que la figura se destaque en altorrelieve; o bien ciertos detalles se modelan aun debajo del nivel de la superficie de la piedra, de modo que aparecen en bajorrelieve; y por último, se completa el contorno de la figura en todas sus dimensiones para obtener la escultura en bulto» (1960: 159-160).

Una obra de arte es un producto de la creatividad humana, mediante el cual un hombre -o un grupo- expresa y comunica la complejidad de su mundo interior o de su entorno social o natural. El producto provoca experiencias estéticas en los espectadores más allá del tiempo de vida de su creador. En este caso estamos ante unos fragmentos que en sus dimensiones humana, técnica, estética y simbólica, brindan una idea del poderoso efecto del arte chavín y testimonian la compleja cosmovisión de una cultura ancestral.

Agradecimientos

El autor desea expresar su agradecimiento a las siguientes personas: Gabriela Arakaki, Rosa Amelia León, Juan Yataco, Christian Altamirano y Juan Roel.

 

Bibliografía

Kauffmann, Federico

2002 Historia y arte del Perú Antiguo 2. Lima: La República – Peisa.

Lumbreras, Luis

1989 Chavín de Huántar en el nacimiento de la civilización andina. Lima: INDEA.

Rivero, Mariano Eduardo de.

1841 Antigüedades peruanas. Parte primera. Lima.

Rowe, John

1972 «El arte de Chavín. Estudio de su forma y su significación artística». En: Historia y Cultura 6: 249- 276. Lima.

Tello, Julio C.

1960 Chavín. Cultura matriz de la civilización andina. Obra publicada con la revisión de Toribio Mejía Xesspe. Lima: UNMSM.

Vázquez de Espinoza, Antonio

1948 Compendio y descripción de las Indias Occidentales. Washington: Smithsonian Institution.

[1] Huacos.

[2] Doctor en economía. Ciudadano italiano radicado en el Perú. Falleció en 1999.

[3] Juan Yataco. Ficha de registro de la piezas en el MAA-UNMSM.

 

Este artículo fue publicado inicialmente en:

Arqueología y Sociedad. Revista del Museo de Arqueología y Antropología de la UNMSM.

N. 26 (2013): 111-116.

 

Fotografías del autor: Detalle de la Estela de Raimondi. Y las piezas al momento de su ubicación.

Ilustración tomada de:  Julio C. Tello (1960, fig. 45).

 

 

Virgilio Freddy Cabanillas

peruanticuario@yahoo.es

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Todas las identidades: el imaginario nacional en la colección del Seminario de Historia Rural Andina.

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En el arte peruano contemporáneo distinguimos la producción enmarcada en el denominado arte popular y el trabajo de los artistas académico-profesionales. El primer rubro se refiere a la cultura viva de los pueblos manifestada en la plástica. Creatividad  transmitida de generación en generación, expresando en unos casos el mundo ritual y la cosmovisión de las comunidades nativas, y en otros la lucha diaria de los migrantes rurales en los centros urbanos. En estas obras los valores artísticos van acompañados de una carga antropológica vital para entender el sincretismo cultural de nuestros pueblos. Estas piezas contienen además, un valioso testimonio de los dolores y esperanzas de la historia reciente.

El arte popular constituye un medio de expresión con el que la mayoría de la población se siente identificada, a diferencia del arte académico cosmopolita que se siente ajeno y sólo para “entendidos”. En el Perú el hombre de a pie evita entrar a una galería de arte contemporáneo, un territorio que no ubica en su mapa cultural.

Respecto al arte académico-profesional, podemos señalar que ha transitado y transita por varias vías en un proceso de búsqueda constante: el autoexilio de los artistas que partieron para no volver, la reproducción de modelos importados de las metrópolis del arte, la apropiación creativa de dichos modelos creando un imaginario propio a través de un arte prestado y la producción plástica que se afirma en su identidad, que pretende su autonomía basada en el diálogo entre las formas e imágenes cosmopolitas modernas, lo ancestral prehispánico y ese cúmulo de propuestas que aporta el arte popular.

Nos interesa especialmente el diálogo entre el arte académico-profesional que se produce en los grandes centros urbanos y el arte popular-tradicional que tiene su raíz en las comunidades nativas, las poblaciones del interior y los talleres de artistas rurales -que por diversas razones- han emigrado a las grandes ciudades. El referido encuentro evidencia las tensiones y vinculaciones entre lo andino-amazónico y lo occidental, lo rural y lo urbano, lo popular y lo erudito, lo sagrado y lo profano. Dicotomía establecida por Gustavo Buntinx cuando estudia las apropiaciones del retablo ayacuchano por parte de la “plástica erudita” (1994: 13). El resultado es una modernidad alternativa en el arte peruano contemporáneo.

En relación con esto, reflexionamos en torno a una idea que hemos tardado en descubrir y asimilar en el Perú: es posible ser modernos sin dejar de ser nosotros mismos. En ese sentido, el antropólogo Carlos Iván Degregori hablaba de la “aparente paradoja” contemporánea:

«En pleno proceso de globalización, conforme se intensifican las comunicaciones, desplazamientos y vínculos entre todos los pueblos y Estados del mundo, se fortalecen al mismo tiempo las identidades y las lealtades locales, especialmente aquellas conformadas alrededor de la lengua, la religión, las tradiciones, las formas de organización social, es decir, alrededor de la cultura y la historia. Entonces, otra vez, se descubre que el Perú es un mendigo sentado en un «banco de datos», sobre un cofre lleno de infinitas creaciones, recreaciones y apropiaciones culturales cuyo flujo nunca se detuvo» (2004: 5).

Una y mil veces hemos escuchado quejas sobre la falta de identidad nacional en nuestro país. Y otras tantas ha surgido la interrogante ¿es posible esta identidad en un país tan complejo, variado y desarticulado? Hoy, Mario Vargas Llosa brinda una pista para reinterpretar el tema:

“El Perú, como el Aleph de Borges, es en pequeño formato el mundo entero. ¡Qué extraordinario privilegio el de un país que no tiene identidad porque las tiene todas!” (Elogio de la lectura y la ficción). El Aleph es ese mundo misterioso que contiene multitud de lugares, algo así como el Perú:

«Aclaró que un Aleph es uno de los puntos del espacio que contienen todos los puntos.

-Está en el sótano del comedor -explicó, aligerada su dicción por la angustia-. Es mío, es mío: yo lo descubrí en la niñez, antes de la edad escolar. La escalera del sótano es empinada, mis tíos me tenían prohibido el descenso, pero alguien dijo que había un mundo en el sótano. Se refería, lo supe después, a un baúl, pero yo entendí que había un mundo. Bajé secretamente, rodé por la escalera vedada, caí. Al abrir los ojos, vi el Aleph.

-¿El Aleph? -repetí. -Sí, el lugar donde están, sin confundirse, todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos» (Borges, fragmento de El Aleph).

A partir de esto podemos decir que la identidad peruana consiste en la toma de conciencia de que esa complejidad étnica-cultural-lingüística, es nuestra mayor riqueza. La tolerancia tiene que ser un valor fundamental en este país que es la suma de las identidades. Y la plástica juega un papel importante en este proceso de autoafirmación en la diversidad.

Aquí conviene recordar una lectura fundamental. A fines de los 70 el crítico Juan Acha discutía el carácter y los desafíos del arte latinoamericano (Arte y sociedad. Latinoamérica). El referido autor señalaba que nuestras artes plásticas necesitan dejar su carácter dependiente y ajustarse a la realidad. Hizo un llamado a los artistas latinoamericanos a apropiarse críticamente de los “procedimientos” y “mecanismos teóricos” de la producción artística de Occidente y vincular el arte con nuestra realidad tercermundista y sus necesidades de transformación.  Señaló el papel del arte en la autodeterminación latinoamericana: “La importancia de las imágenes artísticas en el conocimiento de la realidad es evidente. Y este conocimiento, a su turno, es indispensable para cualquier cambio social” (1979: 112) Teorizar nuestra realidad -arte incluido- nos permitirá autoconocernos y autoimaginarnos: “[…] redefinir el arte implica redefinirnos” (1979: 113). De lo que se trata es de desarrollar un “pensamiento visual independiente” (1979: 21).

Sus influyentes ideas fueron debatidas por artistas, críticos, e historiadores del arte. Pienso que para el caso peruano, parte de los temas planteados por Acha encuentra solución en el encuentro, diálogo y mutua influencia entre los artistas académicos y los artistas populares. Para los primeros, una posibilidad es ahondar en medios tradicionales en cuanto a técnicas y repertorio de imágenes. El  recurso al arte popular.

Una institución en la que podemos estudiar estos procesos es el Seminario de Historia Rural Andina de la UNMSM. Si bien la mayor parte de su colección consiste en obras de arte popular, también hay piezas de artistas académicos que desde un lenguaje figurativo han tocado temas relacionados con la cultura popular.  Aquí el diálogo entre ambas vertientes es intenso y el SHRA no hace distinciones valorativas por el origen, simplemente todo es arte. Posee trabajos de artistas que estudiaron en la Escuela de Bellas Artes de la capital peruana, como Gamaniel Palomino (Lima), Juan Zárate (Jauja), Israel Tolentino (Tingo María), Félix Rebolledo (Catacaos) y Miguel Ángel Espinoza Salas (Arequipa).

También hay una obra de Benjamín Mendoza, artista latinoamericano -así prefiere se le designe-, un ciudadano del mundo que se afincó en el Perú, creador del jituikuntismo: desconcertante conjunción de dibujo, pintura, poesía y filosofía.

Mario Sierra (Andahuaylas) es un caso singular. Trabajador del Hotel Lima -donde vivía Víctor Humareda- se convirtió en ayudante y luego discípulo del genial pintor de La Parada.

También hay trabajos de artistas populares de variada procedencia, la mayor parte de ellos “descubiertos” por el SHRA: Félix Chumacero (Huancabamba), Genoveva Núñez Herrera (Ollantaytambo), Zoraida Jara (Bolognesi), Félix Condori Vilca (Huancané), Gladis Mascco (Parinacochas) y Pedro Arturo Torres Garay (Tarapoto).

Los artistas amazónicos están bien representados por Bahín Jisbe (Elena Valera), Pecon Quena (Lastenia Canayo) y Robert Rengifo de la nación shipiba, Enrique y Wilberto Casanto de la nación asháninka, Romer Yagkug de la nación awajun, así como Pablo Taricuarima de la nación cocama. El último de los mencionados ha recibido formación en la Escuela de Bellas Artes de Lima. Hay que estar atentos a los resultados de este artista popular que va al encuentro de las técnicas occidentales.

Finalmente, Víctor Marcañaupa y Sammirt Arribasplata representan a la juventud limeña emergente y autodidacta en arte.

Es una colección pequeña pero coherente. Sintetiza años de trabajo del Dr. Pablo Macera y de los investigadores del SHRA. Tras el lenguaje plástico personal de cada artista asoman visiones de la capital en la mirada del migrante, elementos de la compleja cosmovisión andina y amazónica, los seres naturales que pueblan nuestro país megadiverso, las actividades de la vida cotidiana desde sus propios protagonistas, reinterpretaciones de la historia nacional desde una perspectiva popular, versiones de la historia local -memoria alternativa- desconocidas en la historia “oficial”, rostros de nuestra gente con sus luchas, sueños y esperanzas. Incluso hay espacio para la fantasía desbordante de la juventud, con sus mundos alternos surrealistas.

La pieza emblemática elegida para ilustrar este texto es Pueblo naciente de Juan Zárate. Teniendo como marco un atardecer limeño, se aprecia el contraste entre una alta chimenea y una migrante serrana que cuelga prendas en un tendedero en lo alto de un cerro. El símbolo del progreso «ensucia» el cielo, la mujer humilde limpia y «purifica». Una versión moderna y popular de La lavandera de Laso.

Conjunción de artistas de las dos vertientes. Sin embargo, queda claro que el arte popular debe ser valorado con sus propios criterios. Por ejemplo, para el arte académico-profesional cada pieza debería ser obra única, para el arte popular el apego a la forma tradicional puede ser tan o más importante que la innovación. En ese sentido, llamar artesanos a los artistas populares queda fuera de lugar. Un asunto que se discutió intensamente cuando se entregó el Premio Nacional de Cultura 1975 a Joaquín López  Antay. El hecho motivó uno de los debates más intensos de la historia del arte peruano. Algunos críticos y artistas cuestionaron que se premiara a un “artesano” y se dejara de lado a los artistas “cultos”. El museólogo, historiador y crítico de arte Alfonso Castrillón destrozó este argumento -en varios textos publicados entre 1976 y 1977- y dejó en claro que es un error confundir arte popular y artesanía. El primero se define como la “expresión plástica” de las vivencias del hombre rural. La actividad artesanal es en cambio, una forma de producción no mecánica que elabora objetos con “cierta habilidad técnica” pero sin interés expresivo-comunicativo (2001: 148, 152, 160).

Descubrir el valor del arte popular peruano ha sido un proceso lento en el que han participado José Sabogal, Alicia y Celia Bustamante, Elvira Luza, Arturo Jiménez Borja, Alfonso Castrillón, Francisco Stastny, Pablo Macera, Emilio Mendizábal, entre otros. Importantes repositorios son el Museo de Arte de la UNMSM, el Museo Nacional de la Cultura Peruana, el Museo del Banco Central de Reserva, el Ministerio de Cultura, el Museo Etnográfico del Centro Cultural José Pío Aza, el Museo de Artes y Tradiciones Populares del Instituto Riva-Agüero (PUCP) y el Seminario de Historia Rural Andina de la UNMSM.

Una exploración de estos acervos es una excursión a varios imaginarios que conviven -en armonía y en tensión- en este Aleph realmente existente que es la suma de todas las identidades.

 

Referencias

ACHA, Juan.

1979   Arte y sociedad. Latinoamérica. Sistema de producción. México: F.C.E.

ANDAZABAL, Rosaura.

2002  Félix Condori. Lagos, demonios y serpientes. Lima: UNMSM.

BRAÑEZ, Angélica.

2004  Félix Rebolledo. Una vida a través de su obra. Lima: UNMSM.

BUNTINX, Gustavo.

1994    El retablo erudito. Apropiaciones artísticas del sanmarcos andino. Alma Mater, (8), 12-22.

CABANILLAS, Virgilio Freddy y Juan SAN MARTÍN.

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Imagen:

Fotografía: SHRA-UNMSM. Pueblo naciente, Juan Zárate.

Virgilio Freddy Cabanillas

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