TRAZOS Y MATICES. EL MUNDO DE VÍCTOR PIMENTEL GURMENDI.

Muros desvencijados, edificios colapsados, monumentos cuya memoria está a punto de perderse por la voracidad del tiempo o por la incuria humana… Entonces llega él y posa su mano sanadora para  devolver el valor a lo que se daba por perdido. Cura las heridas y recupera para las nuevas generaciones la herencia de sus padres. Víctor Pimentel trabaja en el rescate del legado de artistas pretéritos, pero también colabora en el amoblado de nuestro mundo con sus propias creaciones. De ahí que Héctor Velarde le llamara “pintor antes que arquitecto” (1964).

En confrontaciones de blanco y negro o en diálogo de colores, Pimentel ha despertado interés desde sus primeras incursiones en las salas de exposición. Corría el año de 1956 en Roma y una muestra del joven pintor peruano atrajo la atención de Corrado Maltese. El celebrado historiador del arte resaltó la “incansable y abrumadora capacidad para encontrar nuevos acuerdos tonales, nuevas y sorprendentes posibilidades de contrastes cromáticos, nuevas sugerencias de formas”. En la misma ciudad se realizaba una exposición dedicada a la obra de Piet Mondrian, Maltese no dudó en comparar al “moderno y racional” Mondrian con el “anticlásico”, “antirracional”, “primordial”, “salvaje” y “tal vez  barroco” Pimentel.

Tres años después Norberto Berdia hablaba de un amplio “juego de arabescos” realizados sobre “un fondo rico en matices que crea un mágico espacio que alude, misterioso, a un clima musical”. Y no le faltaba razón. Para el maestro Pimentel la música es la primera de las artes. Por eso dibuja y pinta mientras escucha a Bach, Beethoven, Mozart, Corelli o Händel. “Si la música no existiera, tampoco Pimentel”, afirma. Así de claro.

Cual modernos petroglifos, muchas de sus formas intrincadas y abstractas que se engarzan unas con otras, esconden en realidad fantasmales figuras. Hay que aguzar la vista y hacer volar lo que nos queda de nuestra imaginación infantil, para descubrir esos seres que Pimentel esconde,  sugiere o revela -sin querer- desde el subconsciente. Quizá a algo de eso se refería  Giulio Carlo Argan cuando escribía en Roma (1960) este comentario: “En los cuadros y diseños de Pimentel, el tiempo de elaboración es increíblemente largo y es además factor esencial de la figuración. Un artesanado olvidado reemerge poco a poco, y no en los modos prácticos de la operación, sino más bien en el lento y laborioso transcurrir de aquello que podríamos llamar el tiempo de recuperación de la imagen. Encontrar un tiempo, una sucesión, un ritmo diversos de aquellos de la vida, pero igualmente pleno y concatenado, es, para Pimentel, el modo de acceder a la dimensión del mito, pero también de sustraerse a la contemplación atónita o turbada del mito, y de vivirlo”. Entiendo entonces que, Pimentel vive esa dimensión mítica -la construcción fantástica que explica el lado inasible del mundo- mientras crea sus obras. Y el mito va acompañado del ritual: cada obra de Pimentel es una celebración de la vida.

En esa deliciosa maraña de formas y colores, se percibe cierta “presencia” de los antiguos artistas de los Andes. Pero no son citas, es el “espíritu”. Ya lo señalaba Juan Manuel Ugarte Eléspuru en 1993: “Pimentel me parece uno de los valores más notables de la nueva pintura peruana, pues su arte sin ser folklórico ni recurrir a las seducciones narrativas del figurativismo costumbrista, sabe extraer del juego de las líneas los contrastes y los valores cromáticos un sentimiento que lo vincula al arte peruano ancestral, sin que ceda a la tentación de caer en el recurso arqueológico”.

Pero en otras obras las formas geométricas, las manchas o salpicaduras parecen no sugerir algo visualmente reconocible. Valen por sí mismas, como una pieza musical sin canto. La experiencia estética pasa por la contemplación de esas formas y colores, goce sensorial que no necesita de relato alguno. Como esas rayas negras y azules que flotan en el espacio ignorando la gravedad.  O esas sinfonías de colores construidas a la espátula. Y por supuesto, los trazos geométricos en blanco sobre negro. En estos casos conviene citar la opinión de Luis Miró Quesada (1993), cuando afirma que “es la espontánea seguridad de su trazo gráfico, la coherente multiplicidad de estos y su expresividad dinámica lo que identifican y valoran su producción”.  Cuestiona a quienes interpretan la obra del maestro en clave simbólica: “No entiendo el por qué repetidamente se habla de símbolos en la obra de Pimentel, cuando en él la grafía no está al servicio de lo simbólico sino a su propio servicio expresivo”.

Algunas obras se encuentran en el límite de lo sugerido y lo concreto. Por ejemplo, aquella intrincada floresta puntillista. En ese sentido, la ausencia total de títulos no es un problema, invita a la apreciación con total libertad.

Esta muestra presenta trabajos con diversos materiales y soportes: acrílico, óleo, tinta china, plumón, grabado al linóleo, cartones, telas e incluso un mueble pintado. Esa pluralidad de recursos se conjuga con la variedad de lenguajes plásticos que brotan de la mano del artista. Obra multiforme que, sin embargo, construye una sola gran pieza de arte. La vida misma del maestro Víctor Pimentel.

 

Virgilio Freddy Cabanillas Delgadillo

Curador de la muestra.

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Testimonio del Arq. Antonio Polo y La Borda

Los sentimientos y emociones hallan con el arte su expresión más sincera y profunda. Sea que se confiesen a través de la palabra escrita o declamada o que se expresen por la manipulación y modificación deliberada de los colores y formas de la materia, el alma humana cuando los devuelve al mundo en clave de arte, declara lo que el mundo hizo de ella y cómo es que ella lo percibe. El arte es una declaración intimista que se hace pública. No debiera necesitar complejas decodificaciones. Bastaría con que la imaginación de quien lo observa se apropiara de él y en toda su extensión para desatar infinitas posibilidades de juicio y goce.

La obra pictórica de VPG se constituye como un sistema singular y autónomo de expresión espiritual que escapa de las clasificaciones convencionales. No se corresponde con ningún estilo o tradición pues sus formas, colores y texturas se ordenan con una lógica liberal y oculta que inducen a la aventura de ser recorridos sin un punto de partida predeterminado. La pincelada de Pimentel es de trazo enérgico pero elegante cuando nos traslada a mundos que están en formación, cambio o movimiento permanente. Es suave y calculada cuando describe o crea mundos organizados. Tienen ambas la común característica de lograr formas adimensionales y atemporales.

El arquitecto Víctor Pimentel es el humanista contemporáneo que durante setenta años de carrera ha restaurado la memoria histórica de las ciudades y recreado con su pintura, universos propios y singulares, tal y como lo hicieran los antiguos peruanos: buscando en su propio interior e interpretando la telúrica de su ambiente y medio.

 

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Del 20 de junio al 26 de julio.

Colegio de Arquitectos del Perú (segundo piso). Av. San Felipe 999, Jesús María.

Lunes a viernes: 9 a.m. – 7 p.m.

Un comentario en “TRAZOS Y MATICES. EL MUNDO DE VÍCTOR PIMENTEL GURMENDI.

  1. Esta tendencia hacia la abstracción y arte plástico muy típico de la vanguardia. Damos gracias a su talento y creatividad. Sin música, sin arte no estará viva su legado.

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