NATIVIDAD

“Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado; le ponen en el hombro el distintivo del rey y proclaman su nombre: Este es el consejero admirable, el héroe divino, padre que no muere, príncipe de la paz” (Isaías 9, 5).
El nacimiento de Jesucristo es el centro de la Historia en el mundo occidental. Fue Dionisio el Exiguo -monje del siglo VI- quien determinó el tiempo del inicio de la era cristiana. Hoy se sabe que erró en sus cálculos, en realidad Jesús nació unos seis años “antes de Cristo”.
Aunque el Nuevo Testamento no menciona el día ni la hora del nacimiento de Jesús, era necesario escoger una fecha del año para conmemorar dicho acontecimiento. En casi toda la cristiandad es tradicional celebrar dicha fiesta el 25 de diciembre, pero varias iglesias ortodoxas y los coptos de Egipto lo hacen el 7 de enero por diferencias en los calendarios empleados.
Uno de los difusores del 25 de diciembre como día de la Navidad fue el historiador Sexto Julio Africano, en su obra Chronographiai (año 221 de la Era Cristiana). Se ha dicho que la Iglesia reemplazó una fiesta solar pagana (solsticio de invierno) por una fiesta cristiana, ya que Cristo es la “Luz del Mundo” y el “Sol de Justicia”.  Pero el emperador Aureliano instauró la fiesta del «Sol Invicto» el 25 de diciembre del año 274. Es decir, medio siglo después de los escritos de Sexto Julio Africano.
En todo caso, esta polémica no es decisiva para los cristianos, ya que no festejamos una fecha específica ni mucho menos un «cumpleaños». Celebramos un acontecimiento de la historia de la salvación: JESUCRISTO, Dios que se hace presente entre los hombres.
En cuanto a la hora, algunos teólogos indicaban que fue a medianoche, ya que Jesús nació para traer luz a las tinieblas. Otros pensaban que fue al amanecer, significando esto el nacimiento de una nueva era. Y no olvidemos la profecía de Isaías:
“El pueblo que andaba a oscuras vio una luz grande. Los que vivían en tierra de sombras, una luz brilló sobre ellos. Acrecentaste el regocijo, hiciste grande la alegría. Alegría por tu presencia, cual la alegría en la siega, como se regocijan repartiendo botín” (Is. 9, 1-2).
Los pasajes bíblicos que relatan la Natividad se encuentran en los evangelios de San Lucas y San Mateo y son harto conocidos. Pero también se han usado para recrear la escena de Belén los Evangelios Apócrifos. De ellos se tomó -por ejemplo- a dos personajes infaltables en la iconografía navideña: el buey y el asno:
“Tres días después de nacer el Señor, salió María de la gruta y se aposentó en un establo. Allí reclinó al niño en un pesebre, y el buey y el asno le adoraron. Entonces se cumplió lo que había sido anunciado por el profeta Isaías: «El buey conoció a su amo, y el asno el pesebre de su señor». Y hasta los mismos animales entre los que se encontraba le adoraban sin cesar. En lo cual tuvo cumplimiento lo que había predicho el profeta Habacuc: «Te darás a conocer en medio de dos animales». En este mismo lugar permanecieron José y María con el Niño durante tres días” (Evangelio del Pseudo Mateo).
Las figuras más representadas en los populares nacimientos son San José, la Virgen y el Niño, la adoración de los pastores y la adoración de los magos. Con frecuencia resultan combinados. Quiero destacar el tema de la Epifanía (“aparición” o “manifestación”), es decir que Dios se da conocer a los pueblos. Los magos fueron identificados con los reyes que se postran y traen dones a Dios en las profecías de Isaías:
“¡Arriba, resplandece, que ha llegado tu luz, y la gloria de Yahveh sobre ti ha amanecido! Pues mira cómo la oscuridad cubre la tierra, y espesa nube a los pueblos, mas sobre ti amanece Yahveh y su gloria sobre ti aparece. Caminarán las naciones a tu luz, y los reyes al resplandor de tu alborada” (Is. 60, 1-3).
La historia de los magos está narrada en el evangelio de San Mateo (2, 1-12). Pero también encontramos información en los evangelios apócrifos:
“Y, mientras avanzaban en el camino, se les apareció la estrella de nuevo e iba delante de ellos, sirviéndoles de guía hasta que llegaron por fin al lugar donde se encontraba el Niño. Al ver la estrella, los magos se llenaron de gozo. Después entraron en la casa y encontraron al Niño sentado en el regazo de su madre. Entonces abrieron sus cofres y donaron a José y María cuantiosos regalos. A continuación fue cada uno ofreciendo al Niño una moneda de oro. Y, finalmente, el primero le presentó una ofrenda de oro; el segundo, una de incienso, y el tercero, una de mirra. Y, como tuvieran aún intención de volver a Herodes, recibieron durante el sueño aviso de un ángel para que no lo hicieran” (Evangelio del Pseudo-Mateo).
Otra versión agrega lo siguiente:
“Y un ángel del Señor se apresuró a ir al país de los persas para prevenir a los reyes magos y ordenarles que fueran a adorar al niño recién nacido. Y éstos, después de caminar durante nueve meses teniendo por guía a la estrella, llegaron al lugar de destino en el momento mismo en que María llegaba a ser madre. Es de saber que a la sazón el reino de los persas dominaba sobre todos los reyes del Oriente por su poder y sus victorias. Y los reyes de los magos eran tres hermanos: Melkon, el primero, que reinaba sobre los persas, después Baltasar, que reinaba sobre los indios, y el tercero Gaspar, que tenía en posesión el país de los árabes. Habiéndose reunido en conformidad con el mandato de Dios, llegaron en el momento mismo en que la Virgen llegaba a ser madre. Habían apresurado la marcha y se encontraron allí en el momento preciso del nacimiento de Jesús” (Evangelio armenio de la infancia).
Sobre estos “Reyes Magos” hay una serie de tradiciones, especialmente del cristianismo oriental, que sirvieron para fijar su número y sus nombres. Posteriormente se les identificó como representantes de los tres continentes del Viejo Mundo: Europa, Asia y África. En cambio en nuestro país hablamos del rey blanco, el rey negro y el rey cholo, o también el rey español, el rey negro y el rey indio.
El tema es recurrente en la pintura cusqueña virreinal, la composición se basa especialmente en grabados de Rubens. Una variante singular de la Epifanía -inculturada- es la presencia de un rey inca en lugar del asiático, tal como se aprecia en cuadros puneños. Estas pinturas son parte de los ingeniosos esfuerzos jesuitas por asimilar a la población indígena, incluyéndola en las composiciones cristianas.
Algunos imagineros representan a los reyes cabalgando sobre elefante, camello y caballo. Otros montan a los tres en dromedarios. Un texto medieval explica el sentido de la presencia de estos animales:
“No olvidemos que los Magos hicieron su viaje en dromedarios, como se infiere en un texto profético de Jeremías, ni que los dromedarios son animales tan sumamente veloces que son capaces de recorrer en una jornada lo que un caballo recorre en tres. Por eso se llaman dromedarios, palabra derivada de dromos, que significa carrera, pujanza y fuerza” (Santiago de la Vorágine: La leyenda dorada).

En diversas latitudes misterio de la Navidad es representado en los tradicionales “nacimientos” con su multitud de personajes. Reproducido hasta el infinito en los “belenes” de todos los tamaños y estilos, desde el primer pesebre preparado por San Francisco de Asís en la localidad de Greccio (siglo XIII):

“Deseo celebrar la memoria del niño que nació en Belén y quiero contemplar de alguna manera con mis ojos lo que sufrió en su invalidez de niño, cómo fue reclinado en el pesebre y cómo fue colocado sobre heno entre el buey y el asno” (Florecillas de San Francisco. Apéndice).

En el caso del Perú destacan las versiones cusqueñas y ayacuchanas. Los artistas indígenas y mestizos crean obras impregnadas de una sensibilidad distinta al modelo inicial europeo, y expresan el sentir de un pueblo que desde su pobreza y su dolor no deja de celebrar al Dios de la Vida. Un pueblo  que en la noche de Navidad lleva a misa las imágenes de Jesús Niño, en quien encuentra consuelo, fortaleza y esperanza.

En la vorágine de las compras y preparativos, las cosas exteriores nos distraen de lo esencial: misterio de Dios que se hace hombre pequeño y nace en medio de un pueblo pobre. En radical oposición a la corriente del mundo, lejos del ruido, de la suntuosidad vana y del poder efímero. Un Niño Dios que apenas nacido, ya es un perseguido y se refugia en el lejano Egipto. Más tarde pasa por implacables avatares:  condenado injustamente, abandonado por sus amigos y ejecutado vilmente en medio de delincuentes. De esta manera Dios ha pasado por toda la experiencia dolorosa humana. Y por eso mismo nos ha devuelto la esperanza y la aspiración a lo trascendente.
Es tiempo de Navidad, por eso estamos alegres. Ya lo decía el profeta:
“En aquellos días, el Señor habló a Acaz: “Pide una señal al Señor, tu Dios: en lo hondo del abismo o en lo alto del cielo”. Respondió Acaz: “No la pido, no quiero tentar al Señor”. Entonces dijo Isaías: “Escucha, casa de David: ¿No os basta cansar a los hombres, que cansáis incluso a mi Dios? Pues el Señor, por su cuenta, os dará una señal: Mirad: la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa «Dios-con-nosotros». (Isaías 7, 10-14).
Imagen: Huida a Egipto. Hilario y Georgina Mendívil. Museo de Arte de la UNMSM.
Virgilio Freddy Cabanillas.